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viernes, 21 de septiembre de 2007

TODOS VUELVEN

Hoy me dio por ponerme nostálgico; mi vieja parroquia valenciana, el lugar donde transcurrieron más de veinte años de mi vida, está desapareciendo paulatinamente por obra y gracia del urbanismo y el progreso. Incluso la casona colonial y solariega que albergó tantos sueños de mi infancia y juventud, está a punto de ser demolida para convertirla en estacionamiento, o algo peor. Después de dos años de ausencia, a centenares de kilómetros de mi patria chica, decidí dar un último paseo por La Pastora, antes que desaparezca por completo de la faz de Valencia, cuyo casco histórico y colonial luce un aspecto desolador. Ni siquiera el terrible José Tomás Boves causó tanto daño a la ciudad, durante el Sitio de Valencia en 1814, como lo han hecho cincuenta años de desidia e improvisación.
La primera decepción me la llevé al pasar por la Casa de la Estrella

(donde Páez firmó la separación de Venezuela de la Gran Colombia, en 1830)
y pude ver que su restauración, bien intencionada pero mal enfocada, alteró por completo su fachada, incluso sellando para siempre su puerta original, por la que pasaron tantos protagonistas, héroes y antihéroes de nuestra historia colonial y republicana. La segunda decepción, apenas una cuadra después, fue al ver la casona donde nació el escritor José Rafael Pocaterra, gran escritor valenciano. Esta casa fue durante muchos años sede de la Escuela Nacional Miguel Peña, donde recité mi primer poema a los siete años, y fue declarada patrimonio histórico regional. Hoy alberga un instituto educativo de tercera categoría, y su deterioro es lamentable, ¿Quién tendría la desfachatez de arrendar y lucrarse con algo que nos pertenece a todos?.
Este introito retrechero y quejumbroso con que inicié estas líneas, no estaba en mis planes originales al sentarme a escribir; quisiera volver a la añoranza y el recuerdo cariñoso de las calles pastoreñas, antes de que el tiempo inexorable acabe con lo poco que queda de ellas. La sensación de alegría y tristeza, al mismo tiempo, me embargó al aproximarme a mi antigua casa; parecía que el tiempo se hubiera detenido para ofrecerme una postrera visión de mi niñez y adolescencia: los viejos amigos, mi primera maestra y vecina Mercedes, los ancianos de mirada inescrutable, y hasta los borrachines consuetudinarios del Bolas Club (taguara que aún frecuentan algunos amigos de antaño, y que apadrinó mis primeras cervezas clandestinas, oculto de la estricta vigilancia materna) reaparecían como imágenes del cine mudo, como fantasmas de la memoria. Recordé mis primeros amores juveniles, las viejas bodegas El Vapor, El Tamarindo, y El Retén, en sus esquinas epónimas, y me fui deleitando con estas sombras hasta que el sol de la tarde se fue ocultando, tras los cerros El Calvario y Las Cruces, llevándose con él a los espectros que me acompañaron en mi viaje imaginario, tal vez el último que haga por estas callejuelas. Mañana vuelvo a Maracaibo, mi nuevo hogar y querencia, y no dejo de sentirme triste por mi vieja Valencia que desaparece y se marcha para nunca más volver. Todos volvemos algún día, pero cada vez encontramos menos de nuestro pasado: como decía mi amigo Rubén, el panameño universal:
“Todos vuelven por la ruta del recuerdo, sólo el tiempo del amor no vuelve más…”
Foto: Casa de la Estrella (Valencia)
(publicado en la revista In-fórmate, Valencia, diciembre 1996, p.51)

domingo, 9 de septiembre de 2007

IN MEMORIAM VICENTE TÁRIBA MEDINA (1924-1993)


REQUIEM PARA UN VIEJO SOLDADO

“Ha caído el primer soldado del Batallón…” las palabras de Tío Daniel retumbaron con dolorosa altivez en aquel gris y fangoso cementerio. Realmente ese había sido mi Padre, un viejo soldado en eterna lucha contra sí mismo y contra esa sociedad imperfecta que nunca pudo cambiar. Era el adalid de la utopía, repleto de las cicatrices que nadie pudo sanar por completo, ya que las llevaba en el alma. ¡Cuántas vivencias se llevó del mundo este viejo guerrero! Cronista, poeta, andariego, pudo ver más allá que el resto de sus contemporáneos. Aún recuerdo como brillaban sus ojos; brillaban de esperanza cuando me hablaba de esa sociedad posible, irreal, que él quiso ayudar a construir un día. Y en cierta forma lo hizo: a través de sus crónicas, donde no sólo traía a la memoria colectiva las imágenes de aquella Valencia antañona, señorial y pueblerina al mismo tiempo, que conoció en su infancia y juventud. También arremetía ocasionalmente contra la farsa y la manipulación de los demagogos de oficio, contra esos mismos que reirían hoy de saber que existieron hombres como él, ansiosos de tomar en sus manos ya cansadas la transformación de ese mundo deshecho por la ambición y la mentira. En uno de sus poemas, perdido en manuscrito, que me escribió cuando yo cumplía ocho años, y cuyo título me reservo por motivos personales, recuerdo muy bien la última estrofa:
“CABALLERO BIEN ARMADO
CON LAS ARMAS DEL TALENTO,
DECIDIDO A LA BATALLA
Y AMBICIOSO DE TRIUNFAR!”
Eso eras tú, mi viejo soldado. Perdiste tu última batalla, pero déjame levantar tus armas y dame tu bendición para continuar la guerra por ti…

(publicado en la revista In-fórmate, Valencia, Nº 249, pag. 65. Diciembre de 1993)